Ensayo sobre la felicidad de un perro

Era martes, creo. Como una y media de la tarde.

El call iba ya para dos (innecesarias) horas de haber comenzado y mi espalda empezaba a joderme. En la calle, un se cooompran colchooones… amenazaba con colarse en mi aburridísima plática sobre KPIs e inversiones, así que decidí mutear mi micrófono y recostarme un momento en el sofá.

Que hagan lo que quieran, pensé. Al sentirme en un espacio que no era el mío, Coco interrumpió su siesta y se levantó perezosamente a dedicarme unos oliscos indiferentes, como diciendo qué pedo, qué haces aquí.

Le rasqué la cabeza y estuve a punto de ir por su pelota cuando algo atrapó mi mirada. Justo en el lugar donde hasta hace unos segundos había estado echada: una mancha. Una pinche mancha. No mames, ya te volviste a orinar en el tapete. Me levanté no por su pelota, sino por un trapo impregnado de fabuloso. Cepillé y sequé con fervor. Como si el espíritu (e histeria) de una señora se hubiera apoderado de mi cuerpo y el único exorcizo posible fuera el dejar mi tapete libre de meados. Inmaculado. Debieron haber pasado cinco minutos. Tal vez diez. Cuando ahí, en el suelo y entre notas de lavanda sintética, un inquietante silencio comenzó a llenarme de angustia. Mierda. El call se había terminado. ¿Alguien habría notado mi ausencia? Ni pedo. Ya checaré la minuta. Me levanté. Llevé el trapo a la cocina y viendo que, oficialmente ya estaba en mi horario de comida, decidí salir rápido al cajero. Antes que otra junta remota me obligara a clavar las nalgas en la silla del comedor por otras dos horas.

Con lentes de sol, audífonos y una buena dosis de paranoia como accesorios, me dispuse a hacer la visita al cajero más pinche rápida de la vida. Atravesé siete calles, dos camellones y una glorieta. Todo sin frenar. Sin acercarme a más de 3 metros a alguien. Y cuando veía que alguien venía hacia mí, me bajaba de la banqueta. A la verga. En esta época uno prefiere morir atropellado en la calle que de coronavirus en un hospital. A LA VERGA. Con todo y mayúsculas. Dos cuadras antes de llegar al cajero, la camioneta del fierro viejo se estaba llevando un refrigerador. Su antigua dueña lo despedía con mirada nostálgica mientras increpaba al que supongo era su marido. Nomás se me echan a perder los frijoles y vas a ver. Te dije que ya estaba fallando. El marido me dedicó una risita nerviosa. Mierda, pensé. Se necesita tener muy mala suerte para que se te descomponga el refri en plena cuarentena. Cuando llegué al cajero había dos mujeres haciendo fila. Mmta madre. Me formé. Pero sin formarme. Es decir, sí estaba en la fila, pero entre la señora de adelante y yo, cabían por lo menos 4 personas. Ni modo. Prefería que se metiera alguien a la fila, a que se me metiera el virus. El virus Y LA MUERTE. El sol estaba inclemente. Ahí estoy yo, caminando en chinga, todo para venirme a formar aquí. Por fin pasa la segunda señora y cuando está en el cajero suena su teléfono. Suena su teléfono ¡y ella contesta! No mame, señora. Tras mencionar algo sobre unas milanesas, cuelga y se dispone a seguir adelante con su operación. O eso quiero pensar. Porque la señora se pone a contemplar la pantalla por varios segundos. Así, sin hacer nada. Como si de un momento a otro le fuera a aparecer el mensaje: YA VIMOS BIEN Y SIEMPRE SÍ TIENE MÁS DINERO. UNA DISCULPA. Mmta madre. La señora de las milanesas por fin sale del cajero. Antes de pasar, lleno de aire los pulmones y aguanto la respiración lo más que pueda. No vaya a ser. Dos minutos más tarde ya estoy fuera. De regreso ya no está ni la camioneta de fierro viejo, ni el señor de risita nerviosa. Suena Karin Park en mis audífonos cuando veo a una chica con cubreboca paseando a su perro en el camellón. Ya Ramsey, le dice ella impaciente. Pero Ramsey no la voltea a ver. Solo levanta la pata y deja caer unas cuantas gotas de pipí en un árbol. En un árbol y no en un tapete, Coco.

Abro la puerta y Coco me recibe extasiada. Pareciera que no me hubiera visto en horas. Su cola se agita sin parar. Como impulsada por un resorte. Entre brincos y arañazos me escolta hasta el baño. Me lavo las manos por enésima vez en el día. Y es justo aquí que me asalta la siguiente reflexión: desde el comienzo del encierro no había visto a mi perro tan feliz. A ver, no dudo que ame el hecho de que esté encerrado con ella. Pero de alguna manera, creo que le mueve más el por fin tenerme en casa que el tenerme en casa. Aunque para eso, tenga que perderme un rato. Una ida al cajero, como menos. No lo niego, la idea me parece un tanto absurda. Pero también, terriblemente lógica. Irónica, sí. Y hasta un tanto cruel. Pero aún más: me parece humana. Una noción escalofriantemente humana. Después de todo, también nosotros tuvimos que perder nuestra libertad para valorar nuestra rutina. Para extrañarlo todo. Un día en la oficina. Una ida al cine. Un abrazo.

O la felicidad de un perro tiene acordes muy humanos.
O la nuestra un alma sumamente animal.